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El regreso a la naturaleza

Actualizado: mar 6

©Katia Hueso, Fundadora del Grupo de Juego en la Naturaleza "Saltamontes"

Hoy en día parece difícil encontrar a alguien que deniegue la existencia de un cambio climático causado o agravado por la actividad humana. Pero una cosa es reconocerlo y otra muy diferente es actuar para mitigarlo. El discurso ecologista tradicional nos ha hablado de los grandes problemas ambientales -entre otros, el cambio climático- desde una perspectiva en general tremendista. Si bien el alarmismo está más que justificado, lo que se consigue con ese tono es un distanciamiento emocional del problema. A nadie nos gusta sentirnos acusados ni amenazados, y mucho menos si se nos pone en una situación para la que no parecemos capaces de poner remedio a escala individual. ¿Qué puedo hacer yo, ciudadana de a pie, para frenar el derretimiento de los polos? ¿Qué tiene eso que ver con ir en bicicleta al trabajo o lavar la ropa a menor temperatura? Resulta complejo entender las relaciones tan sutiles que actúan en un problema complejo y global como este. En el peor de los casos, sentiremos indiferencia, e incluso rechazo, por esa sensación de culpa impuesta. Entre los más concienciados, prevalecerá la sensación de impotencia, ante la desproporción entre la magnitud del asunto y nuestra capacidad de actuar.

Tal vez la clave para desbloquear estos sentimientos que frustran actitudes proambientales sea crear un vínculo emocional con la naturaleza. En nuestra sociedad occidental, tendemos a verla desde fuera y desde lo racional. Se nos olvida que nosotros, el ser humano, también somos naturaleza. Con nuestras necesidades fisiológicas e incluso emocionales, como cualquier otro ser vivo. Son numerosos los estudios que demuestran los beneficios que tiene recuperar el vínculo con la naturaleza para la salud y el bienestar, no sólo a escala individual, sino también colectiva. Permanecer en ella nos da placer y mejora nuestras constantes vitales. Ha quedado también probado que los niños que han sido educados en estrecho contacto con el medio natural, muestran actitudes proambientales el resto de sus vidas. Si desde pequeños frecuentamos el bosque, la playa, el monte, con la menor mediación posible de artefactos humanos, tendremos experiencias enriquecedoras, que nos reforzarán la relación con la naturaleza. Hagan si no la prueba de preguntar a un niño si recuerda mejor una excursión al campo o una tarde frente a una pantalla. Cuantas más experiencias tengamos en la naturaleza, más fuerte será el vínculo y la consciencia de la necesidad de cuidarla. Formará una parte indisoluble de nuestras vidas y -desde el amor que surge de ese vínculo- nos surgirá el instinto de protegerla. Lo que en un niño se traduce en tiernos gestos de acogida de animales heridos o de recoger basura en el bosque, en un adulto se convierte en un estilo de #vidasostenible de forma casi inconsciente. No lo elegimos porque “es lo que hay que hacer” o por el “qué dirán”, sino por ser la única opción válida para nosotros, por pura coherencia con lo que hemos recibido de esas experiencias placenteras. Así, si cultivamos nuestro vínculo con la naturaleza desde el amor y no desde el temor, sea mucho más sencillo entenderla y cuidarla. Nos saldrá de lo más profundo y comprenderemos, al fin, que ir en bicicleta al trabajo es un acto de amor hacia ella.


 

Sobre la autora: Katia Hueso ha recorrido medio mundo viviendo su pasión por el medio ambiente, para recabar en España donde trabaja como consultora y docente universitaria. Fundadora en 2002 de la Asociación de Amigos de las Salinas de Interior y en 2011 del Grupo de Juego en la Naturaleza Saltamontes, la primera escuela infantil al aire libre en nuestro país. Recientemente ha publicado “Somos Naturaleza: Un viaje a nuestra esencia” (Plataforma Editorial, 2017) donde, partiendo de la relación entre la literatura, el arte, la música, el cine y su manera de ver la naturaleza, nos descubre de qué manera la cultura y la educación nos ayudan a reencontrarnos con lo natural y con nosotros mismos.